Lectors

viernes, 18 de abril de 2014

Descorchar

Antes no se buscaban tanto las ocasiones; se descorchaba una botella común con cualquier excusa. En el momento en que una especie de avaricia generalizada se convirtió en la norma, una botella de vino o de cava suele ser motivo de celebración, o quizá se utiliza para remarcar la singularidad de algún encuentro.
Entonces el vino tiene al menos que parecer bueno. Si puede ser que lo sea, mejor. Para que la ocasión se recuerde y el esfuerzo hecho se reconozca, es evidente que el nombre del vino debe ser francés, y si puede ser un poco exclusivo, mejor.



De momento, acontecimientos como el que parecería estar a tiro de James Stewart en este corte merecen el mejor de los Montrachet. Luego no se come la rosca, pero es por su culpa, no porque ella no ponga de su parte. Él, en un acto casi altruista, sigue mirando por la ventana despreciando la ocasión que, como decía García Márquez en su libro preferido, pierde para siempre. Quizá pudiera repetir más adelante, pero esa la pierde para siempre.

Es importante tener una buena botella a mano. Ayuda a apreciar las ocasiones, a añadir valor. A veces desde la óptica más cateta, porque no es lo mismo tener a tiro a Grace Kelly con la ayuda de un Montrachet, que a Judit Mascó con un Chardonnay del Penedès.

A  veces la percepción ajena de las cosas nos ayuda a dar medida al valor de lo propio.

Nos queda un imperio para llegar a la mitad de eso que se percibe en este corte.  

jueves, 17 de abril de 2014

PUTA CAPRICHOSA

El tiempo, todo el que no se haya querido contar mientras pasaba, cae un día como una losa encima de cualquiera. Me cruzo por la calle con alguien que  quiso parar el reloj exhibiendo su bonanza, el augurio de una vejez cómoda y plácida, con recursos para atender los achaques y prolongar un descanso ganado con cada día de trabajo; la cabeza antes alta proclamaba la certeza de haber construido un edificio fuerte que mantuviera esos ingresos, siempre a base de trabajo, siempre merecido, sólido, perdurable.

Pero el tiempo se desploma encima de uno como una piedra inmensa, un día cualquiera en que la propia columna vertebral no logra sostener lo que a uno se le viene encima. Todo a la vez, el que no se haya querido contar mientras pasaba. Un revés y todo al traste. La vida soñada está de repente en entredicho por la memez de otro; así es en este caso concreto en que asisto a ese abatimiento que parece constante, pero que interrumpe en cuanto me ve irguiéndose desde la primera hasta la última vértebra, en medio segundo tan ansioso como doloroso. No saluda siquiera, se preocupa de mirar a otro lado mientras se cruza esforzándose para ignorarme.

Los tiempos cambian, a despecho de que las personas depositen su fe en que un buen momento pueda prolongarse en su vida para siempre. Al fin y al cabo es posible; para desearlo sólo hay que fijarse en tantas ocasiones en que esa suerte se ha dado, ya que sus destinatarios o los más allegados a ellos, tarde o temprano, han hecho alarde de ello. Al escoger ese espejo para mirarse, nadie se da cuenta de que esas experiencias se airean tanto porque son excepciones. Ni tampoco en que al recibir ese premio, se acaba pensando que se debe mucho más al mérito que al azar, al entorno o al momento.

Quizá por el ansia de prolongar esa suerte los que la disfrutan se imbuyen de una idea de perpetuidad que casi nunca es cierta: porque la justicia es sólo una puta caprichosa que va porque quiere de mano en mano y se queda el tiempo que quiere con quien le da la gana, pero mucho más con los poderosos, que es con los que les gusta más estar; con ellos se bebe champagne para enjuagar la boca después de un trabajo, mientras que con los pobres, vino barato todo lo más.




Toda esa legión de zorras abandona a unos, se va con otros, cambia de lugar; por aquí ya no aparece demasiado, al menos durante una temporada larga, porque aquí ya no hay dinero. Ya no hay poder, ya no hay champagne. Ya nadie alivia el peso de la vida, del tiempo, entre las maltrechas vértebras de las medianías. Sólo los poderosos de verdad consiguen retener a la furcia de turno, instalada en sus aposentos como una odalisca sólo mientras le muestren cada día más billetes y viajes, más casas y más vacaciones, mucho más glamur y más armarios llenos de vestidos de colección. Esa justicia prostituta, casquivana y perdularia se ha marchado del regazo de los que aspiraron a algo modesto en realidad, pero quizá muy pretencioso para sus posibles. Abandonados a su suerte ya ni siquiera miran hacia el futuro, esa incertidumbre se encarna en una nueva curva en su espalda y su cuello, en la observación rutinaria del embaldosado público mientras camina, en que ese es ahora el gesto natural que sus cuerpos adoptan en cuanto cae la concentración.

Avercómoacabatodoesto, parece preguntarse ese hombre una y otra vez según avanza, justo antes de enderezarse al verme, como por la acción de un resorte. A una parte de mí le gustaría pararse a observarlo, o seguirlo discretamente para asistir al momento inexorable de la vuelta a la realidad, para ver caer todo el tiempo que quiso parar sobre unos hombros antes siempre erguidos, ahora doblegados por el peso de la adversidad, por el abandono de la fulana; por la vuelta a la angustia y a la duda, por la proximidad de la vejez; por el vástago inútil y apocado, por la nueva circunstancia de un negocio que ya no es lo que era; por la certeza de que al fin y al cabo él y su chiringo han envejecido juntos para volver poco más o menos al punto de partida. Al poco, a la otra parte de mí le cuesta disfrutar con la derrota ajena por mucho que nadie la merezca. Por eso me largo rehuyendo el regodeo, sin perder el tiempo en la miseria que él mismo cuadruplica, sin duda, con sus cábalas, sus cálculos, sus presentimientos para el futuro.


Quizá sopese anunciarse en el diario local, no sea que se trate de un simple extravío más que de un abandono: Se espera a la puta caprichosa de vuelta en casa; se la echa de menos desde hace ya tiempo.



martes, 15 de abril de 2014

Matar al mensajero

Al fin y al cabo es lo más sencillo. Se elimina al que trae la mala noticia y parece como si la propia noticia desapareciese al menos por un momento, un período más o menos prolongado de alivio que no es sino una prórroga.

El historial de La Guia está lleno de intentos de hacer desaparecer al mensajero. La sorpresa año tras año, al volver a salir la publicación, ha sido importante. Sobre todo en el segundo y en el tercer año, ya que fue entonces cuando las acciones y comentarios menudearon más; fue entonces cuando los intentos para neutralizarla fueron más contundentes.

Habrá quien diga, otra vez, esa milonga de no es lo que dices sino cómo lo dices. Pero no es cierto, ya que en el caso de La Guia el problema es el qué, y no el cómo. Nuestra propuesta ha sido siempre salir del corto plazo para construir un proyecto común de largo plazo, sostenible por su argumentario basado en el territorio. Para ello hemos desarrollado temas progresivamente, Guia a Guia.

En la primera tan sólo apuntamos que las variedades foráneas estaban presentes en casi todos los vinos tintos, y que además había defectos de elaboración en los vinos basados en las más evidentes; que aparecían como notas comunes tomatera, pimiento, y en caso extremo, patata, defectos claros procedentes de la materia prima de las tintas globalizadas (pyrazinas). La tormenta fue notable, por supuesto.

Para la segunda edición encontramos un editor que se rajó en el último segundo, según dijo presionado por ambientes que es mejor no comentar. A pesar de todo logramos salir al mercado, y en la Guía incluimos textos que profundizaban en las raíces históricas de un panorama como el que nos encontramos ya por segunda vez. Fue cuando escribimos en nuestras conclusiones que la adaptación al clima mediterráneo de la Merlot y la Cabernet Sauvignon es deficiente, debido a los veranos secos y calurosos que casi imposibilitan la maduración completa de la uva.

Para el tercer año explicamos la incidencia en la calidad de la uva -sobre todo cómo afecta a la uva tinta de variedad foránea- de las circunstancias socio-económicas de la producción: concretamente el efecto que tiene en la maduración incompleta de la uva la política constantemente aplicada de precios bajos por kilo de uva. No lo había relacionado nadie en ningún texto hasta entonces.

En la cuarta edición nos centramos en el funcionamiento de las Denominaciones de Origen en el estado español, desentrañando su función real de gestor comercial de un grupo de productores asociados. Fue la primera vez que se escribió, incluso en vadevi, que Catalunya era  -y es aún- el único lugar del mundo en donde un productor puede elaborar tres vinos iguales de cabernet, merlot y syrah dentro de cada denominación de origen, llamarlos igual a todos y cambiar tan sólo el registro de embotellador y el sello de la DO correspondiente. Tampoco nadie por escrito había reparado en ello aún.



En la quinta comenzamos a apuntar la idoneidad de los cupajes que se hacen tan sólo porque el vino es líquido y se mezcla con cualquier otro líquido: reivindicábamos, por ejemplo, que aunque sea físicamente posible mezclar garnatxa blanca con chardonnay, en Francia sería un disparate tan grande como mezclar un vino del Rosellón con otro de Borgoña, y que al que lo hiciera lo correrían a gorrazos en cualquier feria.

En la sexta hemos lanzado la App de La Guia, un nuevo medio para que quien quiera la pueda llevar en el móvil; la razón no sólo es que cada vez se venden menos libros, sino también que las nuevas generaciones sólo están dispuestas a usar medios que puedan emplear en cualquier lugar y a cualquier hora, con un formato dinámico y sin que les genere engorro alguno llevarlo.



Con todo esto no especulamos, ya que está publicado. Está claro que siempre tendemos a la evidencia: a sacarla a la luz, a ponerla encima de la mesa. Podríamos haber escrito los textos encabezando cada párrafo con mil agradecimientos, con plumilla francesa y letra redondilla, y acabar cada párrafo con DIOS GUARDE A VD MUCHOS AÑOS, pero el mensaje habría sido el mismo cada año y habría caído igual de mal.

De modo que no es el cómo, es el qué.

La evidencia en la que uno no repara insulta cuando aparece más tarde, incontestable e insolente, y se asocia esa insolencia al mensajero que la saca del cajón para que se trabaje en el sentido que propone; y que, en el caso del vino catalán, ha olvidado desde hace cincuenta años. Puede ser todo lo educado que quiera, que si su mensaje no encaja se hablará como en nuestro caso se ha hecho: que si las maneras, que si queréis que se arranque todo, que si sois radicales, que si talibanes, etc…

Son ya suficientes propuestas en seis años como para que se asimilen ahora como material teórico sobre el cual establecer parámetros con la idea de edificar un criterio permanente, base de una presencia sólida en los mercados internacionales.

Sin embargo, en lugar de construir nada, muchos profesionales que antes criticaban las maneras -nunca los contenidos, a saber si los conocían o conocen- se apresuran a decir que todo eso ellos ya lo sabían por la prensa internacional.

O que, en cualquier caso, era evidente. No obstante, había que reparar en ello y escribirlo, claro.

También omiten, desde luego, la razón por la cual no lo publicaban en ningún medio. Yo la sé, ya ni siquiera la sospecho.

Desde luego es difícil tender la mano corriendo un tupido velo sobre todo este historial, y sobre una receptividad automáticamente negativa de la que muchos aún no se han bajado. Puedo entender el enfado que provoca no haber pensado en algo que a todas luces parece evidente, pero pagar la laguna propia con el que sí lo ha pensado es absurdo; primero por la imagen que da uno de sí mismo, y segundo, porque implica un desprecio necesario de los nuevos contenidos que acaba por perjudicar a uno mismo.

El absurdo y el carácter fenicio -que dice que antes que beneficiar a otro me perjudico yo-, sin embargo, forman parte del adn de cualquiera; la gente inteligente y racional los arrincona, y otros, por las razones que sea, no pueden. Contra eso sólo sirve la terapia, nosotros no podemos hacer nada.

sábado, 12 de abril de 2014

CRISIS

No sé si esta percepción es compartida, pero yo prefiero que todo el mundo se gane la vida correctamente, ni mucho ni demasiado, porque que se comporta mejor. Los extremos sacan a relucir lo peor de cada uno, el Jekyll que se lleva dentro, que hay que reprimir mientras uno se esfuerza en exculpar a todos los demás de las consecuencias de un entorno mísero y avaro.

Ahora no nadamos en la abundancia como antes, pero no recuerdo que hace siete u ocho años la gente fuera menos mezquina. Ni más generosa tampoco. A lo mejor con alguien anónimo, quizá, pero todo el mundo se comportaba como el Golum a la primera de cambio. Por supuesto gastaba más, pero sobre todo en ocio. Y si se hacía la cocina nueva también preguntaba, como ahora, si podía ser en B al menos una parte.

Así que las actitudes no han cambiado demasiado, salvo en que ahora hay que pelear por un euro mientras que antes había que pelear por diez. Es cierto que la gente no ha cambiado, pero esta crisis ha sido al individuo lo que esta cinta de vídeo es para Kevin Kline: saca de él lo que no conocía, porque sale a la luz.



Para algunos la experiencia es positiva, como para este hombre en el resto de la película. Pero otros ni se enteran de que su mediocridad intrínseca los ha convertido en tiburones que matan hasta lo que no se van a poder comer, quizá para mantener el tono muscular para la próxima vez que haga falta.

Los extremos son malos. Si antes toda esa vulgaridad se convertía en despilfarro y ostentación egoísta que sólo ofendía a la vista y al buen gusto, ahora se convierte en ir por la vida con el cuchillo en la boca: pero no nos engañemos, el código ético es el mismo.


No sé cuántas toneladas de mediocridad nos hemos encontrado desde 2008: no he contado tampoco la parte que corresponde a los Golums que se nos han cruzado. Antes esa mediocridad quizá era más o menos inofensiva fuera del nivel racional, incluso nos divertían los golums cuando aparecían: pero ahora es hasta peligrosa.



jueves, 10 de abril de 2014

LO QUE NO SE TOCA

Todo lo que no se toca, a veces, no vale nada. Nada de nada, porque si es material intelectual, la frase sale a la primera de cambio:

“Total, a ti no te cuesta nada”,

sin contar que en realidad ya ha costado lo suyo. Y es que el conocimiento no es gratuito, cuesta tiempo y dinero obtenerlo, y el mismo o más mantenerlo.

Pero para muchos entre los demás, a los que generamos conocimiento no nos cuesta nada entregarlo a cambio de cero. Esa es la norma, sobre todo en el entorno actual.

En nuestro caso tenemos la sensación de suministrar ideas al sector. Al principio se catalogó casi como un acto vandálico sin negar la buena intención, que por accidente se convertía en una especie de puñalada involuntaria al sector.



Desde entonces hacemos el trabajo de campo anual, escribimos y publicamos, y hay incluso quien dice que algunas cosas las ha leído en las ediciones anteriores; a los que lo hacen se lo agradecemos, porque hay muchos que ni siquiera mencionan la fuente.

Algunos dicen también que no hay material nuevo; que nos repetimos. Tampoco hay tanto que desarrollar en el plano teórico, ya que casi todas nuestras propuestas no son sólo enunciados, se hacen pensando en que se puedan llevar a la práctica; y en esencia, los cambios se están aplicando de manera muy lenta, aunque actualmente la técnica puede acelerar mucho las cosas. No obstante, lo que cuesta más de cambiar es la mentalidad de los bodegueros y profesionales. Por eso no sé qué tenemos que pensar al oír de algunos

“Tienes razón en eso que dices”,

que aceptaron como válidas buena parte de las ideas expuestas en otras ediciones, pero que  han hecho poco o nada de lo que se les proponía como solución, dejando al mismo tiempo todo tal como está. Al año siguiente volverán a escuchar las conclusiones, que no solamente saldrán de la misma base, sino que en buena parte se parecerán mucho debido a la calma chicha que se aplica a las medidas a tomar; hay poco espacio para ideas nuevas si el entorno ha cambiado relativamente poco. Entonces es cuando viene la frase mágica.

“Pero esto ya lo dijisteis el año pasado”

La “seriedad” de buena parte de este sector está contenida en esta frase. Algunos, sin mover un dedo, esperan a ver si las conclusiones del nuevo año les favorecen o les encajan en su discurso, ya que las del año anterior eran contrarias a sus posibilidades y por tanto las desestimaron. 

Otros, sin embargo, han reflexionado y han iniciado un cambio a futuro, han adoptado una actitud más coherente que acomodaticia; pero todavía no es suficiente.

Hay varias preguntas a hacerse respecto a este cinismo que exige ideas nuevas cada dos por tres ¿Cómo podría un trabajo de campo contradecirse a sí mismo un año después de otro? Si estaba bien hecho el primer año, lo normal es que profundice en sus propuestas, nunca que se desdiga. Por otra parte ¿Qué seriedad tendría un trabajo de campo que va buscando la panacea menos costosa cada año, y que propone en cada edición una al azar a ver si gusta más que la anterior? El sector quiere disponer de un servicio de análisis, ¿Pero respeta sus conclusiones, o simplemente espera al año en que encajen con su posibilidad de acción?

Hasta que no se haya superado una etapa de expansión cateta, monocorde y tan complaciente como aburrida, como la que hemos vivido los últimos 30 años, no podremos decir ni escribir nada que no tenga la misma base de siempre:

Vino catalán es el que está hecho en Catalunya con variedades autóctonas o, como se dice ahora para ser lo más exacto posible, tradicionales.

Vino oportunista hecho en Catalunya es el que está producido en Catalunya a base de variedades foráneas globalizadas, plantadas en los últimos 50 años.

Desde el principio hasta hoy ha pasado el tiempo para todos. Ha habido tiempo para reaccionar y trabajar en la viña adaptándola a las nuevas tendencias: quien siga atendiendo la tendencia globalizadora está en su derecho, pero creemos que ya sabe que sus vinos están en otro grupo. Siempre encontrará prensa y plataformas, sin embargo, que se esforzarán en tratarlos por igual.

Lo demás son matices que suelen venir de situaciones de hecho perjudicadas por la segunda definición; o bien de intereses concretos relacionados con ella, en especial desde la prensa o la distribución. En el plano teórico no hay nada más que sea tangible, tan solo especulaciones en torno a si las variedades son endémicas, propias, tradicionales o autóctonas; en torno a cuánto tiempo tiene que pasar para que una variedad sea considerada autóctona o lo que sea; en torno a que las globalizadas llevan toda la vida aquí, cuando a duras penas abarcan una generación de viña...

Este último argumento no es sino una muestra más de autocomplacencia, de la medida del tiempo para algunos. Más de dos milenios de viña, y algunos hablan de toda su vida como patrón para medir nada... 

Estamos muy verdes aún.




P.S: La idea y el enunciado son de disposición libre. Desde luego se agradecerá que al usarla se cite la fuente.









    

martes, 8 de abril de 2014

La parte crítica


Hace muchos años, en  el programa de radio de Toni Clapés, la pregunta humorística después de las frases de los asistentes era Y esto, ¿qué aporta?

Seguramente más de uno ha hecho esta pregunta en voz alta respecto a la crítica que algunas Guías ejercemos. El sentido irónico de la frase se acentúa cuando hacen la pregunta, intentando por supuesto negar el resultado. Pero la pregunta tiene varias respuestas, mucho más allá de la contribución a los cambios evidentes de los últimos cinco años.

La primera es poner a los no-críticos en una situación incómoda al exponer que su propuesta no tiene contrapeso: carecen de parte crítica en su trabajo, en su opinión, en su cara pública. Algunos estamos ahí para solucionarles esa papeleta, ya que nos tienen a nosotros de pim-pam-pum de la feria: pero entonces se genera una cadena de hechos que los deja en mal lugar.
1              
                .      Yo no critico en mis artículos, porque sólo hablo de lo bueno. Publicar lo malo no sirve para nada.
2      
                .       Algunas guías critican una parte de lo que catan y analizan. Con ello me están poniendo en evidencia.
3
                .       Ergo critico a las guías y asunto zanjado: ya tengo la parte crítica de mi discurso solucionada.
P
P    Pero lo que están criticando es que alguien critique. Madre de dios. Sobran comentarios.






La segunda tiene más que ver con lo que espera uno de sí mismo. O con cómo quiere vivir. O con lo que quiere hacer uno para ganarse la vida. O con lo que aporta su trabajo.

Nosotros no podemos catar todos los vinos que catamos y ocultar una parte de la información que genera. No sabríamos seguir trabajando en esto sin publicar las conclusiones, íntegras, ya que de lo contrario un enorme vacío intelectual, conceptual, e incluso personal, sería el motivo de que no saliera ninguna edición más.

Sabemos que La Guia provoca una corriente importante de ventas; pero la pregunta a hacerse es si eso es todo lo que se tiene que tener en cuenta. Nosotros no trabajamos para que una bodega venda más que la otra, sino para conocer el campo de trabajo que analizamos, para mejorar su calidad, para orientarlo en la dirección más cercana a su sostenibilidad y coherencia, siempre mediante sugerencias pensadas desde el análisis empírico.

¿Cómo es posible que alguien se conforme solamente con promocionar?

¿Cómo se hace para convivir con tanta mezquindad en los objetivos? 

¿Cuándo alguien lo hace, lo hace sólo por dinero? 

¿Es una razón suficiente, o hay cuestiones de capacidad añadidas?

Es intelectualmente imposible e inadmisible para nosotros permanecer en esa inopia tan vana, tan superficial y tan difícil de sostener como razón para levantarse cada mañana. Lo sé porque ya la hemos sufrido cuando trabajábamos para La Vanguardia. Teníamos la sensación de estar siempre subiendo y bajando el mismo peldaño de la misma escalera cada vez que hacíamos una nota de cata; de no estar avanzando nada, además de manera consciente, de estar solamente colaborando con nuestra parte en la prórroga constante que propone siempre el plazo inmediato: de estar construyendo un castillo de arena en la playa, para pasar el rato…

Siempre debe de haber algo más, aunque sea contra viento y marea, para seguir trabajando, algo que no sea sólo dinero, porque el dinero casi siempre amordaza: cuestiona y controla el pensamiento autónomo, representando la versión única que se suele proponer desde la mayor expresión de la vulgaridad. Para La Guia es difícil hacer otra cosa que cuestionar a nuestra vez la esterilidad de ese hacinamiento general de los medios, cuando, como ahora, cierran filas con el pensamiento único.




lunes, 7 de abril de 2014

Versiones y Diversiones

Hay dos versiones de cualquier tema. Hay la que quiere gustar a todo el mundo y la que no gusta a todo el mundo. Hay la que no se compromete y la que sí se compromete con el resultado. Hay la que promociona sólo en positivo y la que promociona con toda la información de la que dispone. Hay la que sólo pretende agradar, y la que quiere entender y transmitir el entorno del que habla. La hay sesgada, en definitiva, y luego está la que intenta escapar a ese sesgo para profundizar en el conocimiento y compartirlo.

Todo está en los resultados, o mejor dicho, en cómo se entregan. En el caso, por ejemplo, de un trabajo de campo cualquiera, si pretende ser serio debe darlos a conocer todos, publicarlos tal como se han dado. Debe ser una versión de la realidad, no una diversión. Sesgarlos solamente a lo positivo, en el caso de que el objeto de estudio del trabajo de campo en cuestión sean productos de consumo, no solamente es falsario, sino que también contiene un engaño al consumidor en el propio planteamiento.

Al oír hablar a los profesionales del vino más mediáticos, parece que su trabajo sea un placer constante. Es como una necesidad hedonista que no entiendo: nosotros no lo pasamos tan bien. Hay vinos terribles; muchos otros se instalan en la vulgaridad de buscar mediante cupajes el sabor popular que les solucione la cuenta de explotación, sin que importe en absoluto la identidad; otros que decepcionan por no ser lo que pretenden ser, o bien por buscar la excelencia y el elitismo mediante métodos y variedades completamente globalizados; finalmente, muy pocos llegan no ya a ser buenos o excelentes al gusto, que no es lo más importante, sino a ser coherentes y respetuosos con su historia y su entorno.

No creo que el hecho de que los profesionales no hablen de nada de esto en público sea un déficit del planteamiento previo o de materia gris, incluso a pesar de que la falta de hábito acostumbra a la gente a pensar sólo en una dirección. Quizá es peor incluso, hay de por medio un interés que elabora esta imagen rosa y azucarada de cualquier cosa que huela a vino, convirtiendo a la prensa especializada en una especie de Facebook lleno a rebosar de likes. Por eso, para evitar usar ninguna de estas categorizaciones se suele trabajar sólo la fase sensorial: de ahí que se oiga tanto eso de “yo, de lo malo, no hablo”. Algunos incluso afirman que hacerlo arruga, otros que no aporta nada, otros se inventan un término nuevo para definir la actitud crítica: lo bautizan como “democión”. Sobre el papel hay algo de literario en estas propuestas; me recuerdan a la princesa Sherezade cuando la necesidad de sobrevivir la obliga a inventarse una historia nueva cada noche, siempre bonita o emocionante porque su vida, en realidad, es una mierda.

Esconder lo que uno barre debajo de la alfombra es muy común en el mundo del vino. Los ejemplos no sólo están en la prensa: con la premisa de que su público quiere un consejo comercial y no un análisis, Parker sólo habla de lo bueno; al mismo tiempo salen guías que venden los premios en la hoja de inscripción, antes incluso de comenzar a catar, que carecen por completo de un criterio de puntuación que les comprometa; los concursos adscritos a la OIV no suelen publicar los vinos que han participado, de manera que sólo salen a la luz los vinos premiados, sin poder evitar la sospecha de que con ello pueden ocultar un fiasco de participación al no tener que dar explicaciones respecto a las referencias que las bodegas han presentado. Sólo publican un número que es eso, un número; ni la calidad ni la cantidad de muestras se puede saber.

¿Cuál es la propuesta de estos enfoques siempre dispuestos a promocionar en positivo, a mantener zonas oscuras que no conviene que el público conozca? ¿Por qué razón el público no las debe conocer? Hay que decir que este planteamiento es casi general en toda la prensa y los eventos del vino. No sabría decir si aporta más de lo que oculta, pero si que con el público es despectivo, paternalista e interesado al no transmitir más que la parte positiva de la información.

Despectivo por pensar a priori que no le va a interesar, o incluso que no la va a entender.

Paternalista porque lo tutela directamente, como si hubiera que ocultarle al receptor la cara amarga de la vida.

Interesado, porque los dos anteriores sólo son eufemismos que esconden una vocación estrictamente comercial. Así que no importa demasiado qué ni cómo, pero la cuestión es vender.

Por eso el día en que se pone de  largo un medio suele ser fatídico para el espectador que no comulgue con esa dinámica conciliadora per sé. Siempre me he preguntado por qué se sonríe tanto cualquier emisor de esos resultados o artículos siempre positivos, al hacerse la foto con los asistentes a sus actos. Detrás de esa constante sonrisa suele haber un vacío temático enorme; de ahí que siempre me den ganas de decirle que el photo call sobra, que deje de sonreír, que parece un novio, que parecen todos tontos de capirote. Sobre todo que deje de sonreír, urgentemente. Quizá quiera transmitir felicidad, pero no lo consigue: se acerca más a Sherezade en su versión floreada de una realidad alternativa, casi cinematográfica. Quizá sonría porque ha logrado la presencia de políticos a los que ha atraído con su mensaje sesgado. Ellos saben que lo es, pero ya les gusta así, por supuesto.



Y es que el rigor a la hora de publicar los resultados está reñido con la presencia de políticos alrededor. No se debe culpar a nadie, ya que eso forma parte de una larga tradición de usos y costumbres que viene de muy antiguo y que más que reproducirse se clona generación tras generación; como consecuencia lógica del mercado, hay quien lee bien esa tradición, con la idea de diseñar un producto a medida de sus requisitos, y atendiéndolos al mismo tiempo que sus necesidades económicas.

El rigor queda al margen del trato: no es lo más importante. Que quede claro que no hablo de verdad, hablo de rigor: la verdad será la que sea, pero hay quien sólo busca una parte para sacarle hasta la última gota de rendimiento económico, y hay quien quiere ir a por toda ella para mejorar tanto como se pueda tras analizarla y sacar conclusiones honestas.

En este estado de cosas la prensa y los eventos del vino no lograrán nunca un éxito promocional suficiente: están condenados a la frustración constante, ya que es evidente que trabajan para subsistir, no para llegar al público. Se preocupan más de mantener contento al productor del que viven que de estimular al consumidor a conocer el producto a fondo para que escoja y compre. Al leer una publicación de la cual son objeto, los productores de vino han de poder decir que les gusta: pero les gusta a ellos, no necesariamente al público al que se quieren acercar, cuyos canales de comunicación no tienen nada que ver con ese lenguaje y esa pose tan cursi.

En una espiral que se autoalimenta, el interés por el mundo del vino ha ido decayendo en las últimas décadas, al mismo tiempo que esta propuesta de comunicación acaparaba la versión pública del sector. La razón para que esto haya ocurrido es que la mayoría de los consumidores percibe el engaño y se defiende, desconfía; no obstante, lejos de analizar nada, los emisores hacen balance ante los productores sólo de los que se quedan a escucharles, nunca de los que salen corriendo en sentido opuesto.

Nada de esto es premeditado ni voluntario, no hay ningún Maquiavelo pensando un plan: se trata de un resultado que nadie ha buscado, pero que se ha dado con el tiempo y el error recurrente. Ese resultado dice que la información es siempre sesgada: primero la destinada al público, y después la que vuelve al propio sector. Yo no pienso que nosotros seamos prensa, así que no nos sentimos responsables; mientras tanto habrá que esperar a que alguien desarrolle la capacidad de generar contenidos en otro tono, con otro lenguaje y otro propósito.